Podría ser la fuerza embriagadora de la música, la emoción de la tarea que ahora comienza, la profunda impresión causada por la mirada decidida y enérgica de Sophia Jex-Blake, el cansancio del final de un día intenso, o este sol dorado del atardecer londinense ... pero Clara entra en una especie de sopor, y, como en un sueño, siente su cuerpo liberarse del corsé que ajusta su cintura, y se ve así misma recorriendo ligera, libre, las calles de la ciudad... Nadie cuestiona su entrada a las vetustas bibliotecas de la universidad, no existen para ella muros cerrados en los clubes masculinos, ni le está vedada la entrada al pub... Se ve en un mundo donde mujeres, de todos los estilos, creencias y colores, se mueven libremente, eligiendo, sin etiquetas ni prejuicios, sus vidas, sus quehaceres y sus amores... Y siente que en ese mundo, ella, Clara March, vive, ríe, goza, y ese sueño la embriaga como no podría hacerlo ninguna botella de champagne...
Quizás simplemente Clara sueña el sueño colectivo que seguimos soñando las mujeres, y soñando unidas, vamos lentamente caminando a un despertar que pueda ser algún día celebrado por todas las mujeres en todos los lugares del planeta.
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Cae la noche, la luz del sol desapareció... Clara no sabe si fue un sueño... pero la visión dejó en su alma una sensación de fuerza, de paz, de coraje y de esperanza... Y cuando abandona el piano para dirigirse a su dormitorio, Clara lleva consigo una sonrisa que la acompañará en su primer día de clase en la Escuela de Henrietta Street.
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